AHUYENTANDO ESPÍRITUS

Paula Castillo Monreal

Solo son fuegos artificiales que se encienden y apagan como se enciende y apaga la vida; una explosión y, después del silencio, una agonía. Trozos de vida cayendo, iluminando la noche. Destellos de color en medio del negro. Nos acordamos de todos. Otro cohete que asciende silbando mientras acaricia la noche. Lo señalas con el dedo y miras de reojo. Esperas a que estalle y de pronto tu grito queda solo. También el de los perros. Dicen que el ruido de la pólvora ahuyenta a los malos espíritus. La ciudad inundada de rosa. Nosotras, ahuyentadas.

Cuando la vida se apaga solo queda el gris. Hay quien dice que después del apagón se convierte en blanco. Tu tienes metido el gris en el cuerpo ahora diminuto, y en los ojos que se te han quedado hundidos, y en los labios que han perdido el rosa. Te cojo del brazo para escapar de lo que nos pesa. Te quedas pegada hasta el último destello de vida. Volvemos juntas reinando lo oscuro, solo el gris nos mantiene vivas. ¡Qué putada la vida!, y que espectáculo tan deprimente para los que aún no somos espíritus.

COMO UNA LIRONA

de Paula Castillo Monreal

Hace frío. No me gusta el frío. No puedo pensar en nada más si hace frío. Me encojo, tiemblo, no quiero salir. Tampoco quiero ponerme una cosa encima de la otra, cada vez más tapada solo por el afán de salir a la calle. Prefiero ser una marmota o una murciélaga o una lirona. Hibernar. Dormir a partir de ahora.

Fluorescentes para una noche rota

Parte 2, por Paula Castillo Monreal

Imagen de Pinterest

El miedo y la cobardía deciden nuestras vidas. Yo me enamoré de Julia sin pensar. La conocí hace mucho tiempo, en su época oscura, como le gusta decir. En mi oficio se conoce a mucha gente oscura, nos movemos en un mundo peligroso y lóbrego. La conocí siendo Julio, sin transformación ninguna, y ya me gustó. Yo no soy de remilgos, me siento bien con alguien, y lo demás sobra. Después de unos años, empezó a gustarme mucho más. Nos reíamos. La vida nos había tratado parecido. A ella peor, pero Julia puede con todo. Nos comprometimos cada uno en lo más íntimo sin mencionárnoslo. Ese era el plan: sin compromisos. Y ahora poco a poco, sin saber cómo, se le fue el amor.

Me distrae la moneda que cae por los intestinos de la rocola y, con tanto giro, se me revuelve el estómago. El roce de la aguja sobre el vinilo detiene el tiempo y un halo de esperanza nos envuelve a los tres, quietos ahora, en el interior de la luciérnaga. Los tres esperando que empiece el espectáculo: Tony se quita el gorro estúpido de marinero, el hombre del traje gris vuelve cojeando, y yo decido aflojarme la funda sobaquera de la PPK que lleva veinticuatro horas de servicio oprimiéndome el corazón.

“Que no se rompa la noche por favor que no se rompa”

Nos miramos; sorprendido yo, sonriéndose él.

–Marrero –se presenta el cojo ofreciéndome su mano.

–Víctor –me presento acercando la mía al ala del sombrero que aprovecho para quitarme.

–Aquí estamos, rompiéndola –dijo señalando la rocola que continuaba cantando sin tener en cuenta nuestras presentaciones.

“Porque guardo un mundo de inquietos deseos”

–A mí ya me la rompieron –le contesto aburrido de tanta charla.

“Mañana por la mañana, si no se rompe la noche”

–Tome otro trago –dice, invito yo. Esta noche estoy contento, ¡cante conmigo!

“Haremos locuras nuevas con el amor que nos sobre”

–El último y me retiro, gracias. Cierro los ojos y sin saber por qué le hago caso y canto. No me oigo, pero canto. No sé si afino o chillo, pero canto.

“Que tengo que amarte mucho, que tengo que amarte tanto…”

Abstraído, siento cómo su mano tibia roza mi espalda vencida de nuevo sobre la barra.  La mano fuerte de Julia, manos de hombre ensayando a ser de mujer. Puedo oler a Poison; el mejor perfume para el aturdimiento. No quiero abrir los ojos ni enderezarme por si es un sueño. No quiero saber dónde estoy ni si estoy borracho. Continúo cantando, muevo los labios esperando la letra.

“Porque guardo tanto, tanto que…”

Y al abrir los ojos veo a Julia que pasa de largo. No deja su mano sobre mi espalda ni se inclina a besarme. Mis labios continúan moviéndose. Estiro los brazos intentando atraerla hacia mi, pero son cortos y no consigo alcanzarla. «Julia, Julia» –digo sin emitir sonido. No me quedan palabras, las derroché con la música.

–¿Qué pasa, travestón? –le pregunta Marrero. Has tardado más de la cuenta– le dice golpeado con el dedo índice la esfera del reloj.

Se me queda atravesada la palabra y compruebo instintivamente que la pistola sigue ahí, enfundada en la sobaquera que ahora desabrocho.

–¡Eh, mamón! –grito.  Pero hace rato que me dejé de oír. Nadie parece oírme. Los gritos resuenan en mi cabeza. Una boca abierta que no habla.

Julia rodea la espalda de Marrero con sus brazos y le besa, no parecen importarle sus palabras, está acostumbrada a los insultos. Vomito el último trago que me arde en la garganta. Lenguas de fuego respondiendo por mí.

–Aquí ando Marrero, con la noche rota –le contesta Julia encendiéndose un pitillo. Apoyada en su costado parece cómplice de sus palabras, de toda una vida de palabras.

–Eso te pasa por puta –le contesta Marrero. Más palabras. Heridas que se abren, cicatrices sin cerrar. Yo se las curé para que otros las abran. Bocas derramándose sobre los labios que no paran de moverse. Julia tragándoselo todo.

Ahora sí, mi cuerpo estalla. Me levanto con esfuerzo del taburete apoyándome en la barra, solo veo blanco. Los ojos fijos en Marrero, la mano derecha protegiéndome el corazón. «He de sacar a Julia de esta urna podrida de cristal. Protegerla de tipos como éste, de la luz exagerada, las humillaciones y los golpes. Tengo que conseguir calmar mi respiración, ¿fue Julia siempre así? Monstruo de dos cabezas». No puedo parar de pensar, de gritar. Todo por dentro.

 Ajena, mi mano desenfunda la PPK y dispara. Primero a Marrero que cae al suelo sin hacer ruido. Después a la rocola que ya estaba muda. Tony que no para de fregar, también se lleva lo suyo. Al rato todos estamos muertos mientras la luz del faro continúa girando. Los ventanales, manchados del vestido rojo de Julia que saltó por los aires. Uno, dos, tres y cuatro. La urna de cristal mirándonos.

Es agradable la quietud de las mañanas oscuras cuando se retiran los fantasmas.

Fluorescentes sobre la noche rota

Parte 1, por Paula Castillo Monreal

Edward Hopper

Triángulos de luces y sombras pintan de colores las aceras. Las fachadas de las casas se vuelven blancas en medio de la noche negra, y la luz que derraman los fluorescentes, recién instalados en el Nuevo Río, lo convierten en un faro alumbrando la ciudad vacía.  La canción que sale de la rocola estalla en mis oídos, y mis pies, que apenas aciertan a caminar uno detrás del otro parece que quieren seguir el ritmo.  Nunca sé cómo entrar a este Nuevo Río sin puerta. Una náusea, y de pronto estoy sentado frente a Tony; el hijo del “bueno de Tony”. A Nuevo Río no se entra ni se sale, los ventanales abiertos como alas de pájaros transparentes te engullen nada más acercarte.

«Tengo que parar de temblar», me digo. El truco está en calmar la respiración y el pulso. Tony me lanza el Cutty Sark desde el otro lado de la barra, está acostumbrado a mí. Después de un trago me siento mejor, la respiración vuelve a su ritmo y parece que puedo incorporarme, quitarme el sombrero y sostenerme en el maldito taburete de piel roja sin tener que sujetarme a la barra. Un hombre de traje gris se apoya al otro lado vencido sobre una pierna. Fuma aspirando hondo mientras charla con Tony que lava sin parar los vasos acumulados de la noche. Al mirarlo un escalofrío hace que se me congelen las manos. El reloj marca las cuatro y media, esa hora en la que parece que nada va a pasar. La quietud de la noche negra. Los dos se ríen, me miran y se ríen. Prefiero no oírlos, prefiero no mirar al tipo contrahecho. Muevo los dedos de las manos para que se me descongele el alma.

–Tony, ponme otro güisqui, y estírate con el hielo hielo.

–¿Has venido a quedarte, Víctor? –me dice guiñándome un ojo

No le contesto, no tengo por qué contestar a todo lo que me preguntan. Se marcha levantando los hombros mirando al hombre sucio del traje gris sucio.  Después de un segundo trago necesito recostarme en la barra, alargar los brazos hasta donde alcance para después acurrucarme y cerrar un momento los ojos.  Solo quiero doblarme hacia dentro y sentir el frío de lo oscuro, de mi propia oscuridad. Este bar tiene demasiada luz. Vidas aireadas para quien no quiere ver. «¿Quién vendría aquí a besarse?». Los besos expuestos, la soledad enfocada en el escenario de los abandonados.

«Yo ya no tengo con quien besarme», acabo de caer en la cuenta. Julia dice que ha pasado solo, poco a poco, sin pensarlo; lo de dejar de quererme. Julia, la mujer de rojo, la rubia de los ojos verdes y andares protagonistas, la de los dientes blancos y la ceja levantada, la que te mira de frente y mueve los labios a la vez que le hablas, en un eterno beso. Esa es la mujer que ha dejado de quererme. Poco a poco, sin pensarlo. La mujer que dobló mi vida en dos para después no bastarle porque quería más. Acompañándola en sus retorcidos cambios, para luego encontrarme solo, sin valores y sin juicios. La mujer que llegó desencajando mi vida, desconectándola del resto. «Julia», repito una vez. «Julia, Julia», repito dos veces, y la tercera: «¡Julio, cabrón!». Y llamo a Tony con el dedo, y enseguida me llega otro güisqui.

–¡Eh, oiga! ¿Le importa que ponga música? –me dice el hombre paticojo del traje gris.

Tony me mira, tiene miedo de lo que pueda responderle. Solo cierro los ojos y levanto los hombros. Sonríe aliviado.

El hombre se acerca a la rocola renqueando, tiene un alza en el zapato izquierdo, pero la pierna es demasiado corta o el alza no le aúpa lo suficiente.

–Mientras no me saque a bailar –le digo medio sonriéndome.