ABRIGO DE NATA

Paula C. Monreal

Fuencisla, Fuencis como le gustaba llamarse, miraba a la pequeña Teresa y veía cómo el sol se colaba a través de su piel blanca, casi transparente. Fuencisla era mestiza, la más guapa de todos sus hermanos, pero nada hacía recordar a su madre de piel rosada. Fuencisla quería a Teresa como a su propia hija, la había visto nacer. Ayudó a su señora en el parto. Teresa ya nació transparente, no como otros bebés, no como su hija que nació morada, tan morada que al mes murió. Teresa nació limpia, blanca y con la boca de fresón, y como la señora estaba delicada de salud, encargó a Fuencisla su cuidado: <<Cuídala como hubieses cuidado a tu hija>>. Y Fuencis, llevaba ya cuidándola mas de un año, exactamente dieciséis meses.

Esa mañana la niña estaba más fría de lo normal, Fuencis cerró las ventanas ajustando los pasadores y entornando ligeramente las contraventanas. Octubre anunciaba el invierno. Cogió las manitas de la niña y el frío de sus dedos la sobrecogió por dentro. Era un frío de ese que lo llena todo de silencio. De ese silencio que no es bueno. Cubriendo las manos de Teresa con las suyas se las llevó hacia su boca y les sopló calor mientras veía cómo sus plácidos ojos verdes se le iban llenando de chispitas rojas.

Abrió el armario de invierno y sacó el vestido color crema de manga larga, los calcetines gordos de color rosa, los zapatitos blancos y el abrigo de lana color nata. Su niña parecía ahora una bola de helado de las que le gustan a su señora. Le abrochó los botones de nácar que le caían del cuello como si fuesen dos lágrimas, la bajó del sillón donde le gustaba vestirla, terminó de arroparla con besos, y salieron de la mano hacia el parque de La Piedad como todos los días.

Sentada en el banco, junto con las otras niñeras, Fuencisla miraba a su niña que resplandecía mientras pedaleaba sin ganas, en su triciclo dorado. Su hija tendría ahora cuatro años, podría jugar con Teresa. Podría vestirlas a las dos de blanco y salir a pasear con ellas, cada una de una mano, una blanca como el despertar del rocío, otra oscura como el acecho de la noche sin luna. Podrían ser las dos hijas suyas, como suya era la vida sin ninguna.

Teresa, desmayada entre el triciclo y el sauce viejo, apenas llamó su atención mientras le acompañaban sus ensoñaciones.

–¡Fuencis! ¡Tu niña! ¡Corre, se ha desmayado!

Y Fuencisla, aún en medio del sueño corrió. Levantó a Teresa del suelo y abandonó el triciclo como quien abandona los deseos no cumplidos. Y corrió más de la cuenta sin saber cuándo parar, hasta que se le llenaron los ojos de polvo. La niña fría en los brazos de Fuencisla. Fuencisla jadeando como el toro cuando arremete al picador, de rabia ante su suerte. El portón cerrado. La señora arriba, olvidándose del día y lamentando la noche. El silencio.

Fuencisla ya no puede mirar a su niña. Con la barbilla hundida más allá del pecho va matando sus sueños. Los ojos sólo son capaces de ver sus manos oscuras manchando el abrigo de nata. La señora sostiene a Teresa envuelta en un par de mantas. El doctor no llega. Octubre, ajeno, envuelve la tarde de invierno y el frío se torna en silencio y las palabras que por fin caldean ese tiempo de espera, abrasan.

–¿Cómo ha pasado, Fuencisla? Cuéntamelo sin temor.

–¿Teresa estaba bien esta mañana, verdad?

–Sí, señora. Tan guapa y tan dulce como siempre. Igual de fría que siempre.

–¿La abrigaste bien?

–La abrigué bien, más de la cuenta diría yo. Por miedo.

–¿Por miedo a qué Fuencisla?

–A ese frío que también conozco.

–¿Y cómo se desmayó?

–No lo sé, señora

–¿Y qué hacías cuando ocurrió?

–Soñaba.

–¿Con qué soñabas?

–Con su hija y la mía.

Fuencisla no volvió la cabeza, cuando salió de la casa siguió caminando por la acerera estrecha sujetando la maleta como se sujeta la vida, la cabeza alta, la espalda recta, los zapatos blancos y la mirada quieta.

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