LA PARTIDA

LA PARTIDA

Paula Castillo Monreal

Su tristeza es tanta… solo se queja de no hacer nada, de que su vida se reduce a levantarse, entrar en el baño sin mirar, sin querer verse mirada, vestirse, y sentarse en ese rincón del salón que jamás ocupó nadie. En ese sitio que tampoco es suyo. Ese rincón oscuro en el que busca refugiarse.

Desde allí puede ver cómo todos se van. Nunca cuando regresan; está de espaldas a la puerta. Y mientras sus manos que aún recuerdan buscan la aguja, o el hilo, o el papel, y sus dedos doblan la tela de su vestido que ya no necesita de hilvanes, ella solo ansía que vuelvan pronto los que acaban de irse, porque tiene que marcharse.

Mueve los pies delante y atrás, uno y otro. Los pasos cortos. Pasos que no van a ninguna parte porque no tienen dónde ir, porque no sabe cómo irse. Tampoco sabe que tiene pies. Presa, no comprende qué es una prisión. Deja caer los ojos en el infinito, enemigo que tampoco la responde y que la devuelve al sillón que no es suyo. Atravesada de soledad, espera inconmovible sin saber, a que alguien la haga regresar.

La escalera de enfrente es su futuro, la escalera por donde bajan los que la nombran a veces, voces conocidas que la hacen regresar. Hoy, que los cerrojos permanecen abiertos y las puertas dejan despejados los caminos, no sabe cuál elegir. ¿Alguien conoce una cárcel más feroz que ésta?

Ella traspasa el horizonte buscando y solo encuentra la casa de su infancia, la casa de sus abuelos, la risa de la hermana a la que imita cada vez más fuerte. Se gusta en su grito y se desgañita, y yo me río con ella, y me cuenta que se va mañana. Que si voy mañana a verla ya no estará. Y me quedo gritando.

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