Edificio Central

Paula Castillo Monreal

El viejo va agarrado al tacataca. Con los puños morados se sujeta a lo único que le queda para sostenerse.  Siempre me han parecido raros esos artilugios con cuatro patas que llevan dos ruedas delante, dos gomas detrás y un manillar. El día que yo tenga que usarlo, le pondré manillar alto.

Ha gritado mi nombre al verme y yo, me he revolucionado. Últimamente nadie me nombra. Ando rodeada de números y de gente extraña. Los míos fueron desapareciendo poco a poco. Los baúles se llenaron de todo lo suyo, y los armarios fueron convirtiéndose en criptas vacías que llamaban a la persignación. A veces los abría y, con la cabeza dentro, respiraba hondo para intentar que volvieran. Otras, les insultaba para cabrearlos y que por lo menos apareciesen; algún olor, algún soplo del más allá. Nada. Nadie volvió.  Ni siquiera mi madre para dejar caer mi nombre, o morderme. Nos hubiésemos reído. Al final aprendió a morder. Siempre tuvo la necesidad de excederse a sí misma.

Ahora, me quedaré también sin los baúles; son las normas: «el lunes próximo, deberán sacar el equipaje con los efectos personales de sus familiares, al rellano de la escalera. Recuerden que para continuar avanzando debemos desterrar lo viejo», anunciaron ayer por la megafonía del edificio.

No sé adónde llevan a los que desaparecen. Mi hija nos dijo que los que alcanzan la máxima evolución, atraviesan el portal blanco y vuelven a salir a la vida, pero ya purificados. Yo no sé si quiero vivir purificada. Hace dos años que subimos con ella al coche y nos dejó en la puerta. Firmamos todos el ingreso, también la niña, como responsable.

–El edificio es precioso, mama.

–Ya veremos, hija.

–Aquí vais a estar protegidos.

–Pero no como en casa, le dije.

–Y, ¿tú no te quedas? Se le ocurrió decir al calzonazos de mi marido. Siempre fue un débil con la niña.

Era la orden: «Todas las personas mayores de sesenta años deberán dejar sus casas como prevención. No podrán salir solas a la calle hasta que se les haya formado para hacer la transición al portal dimensional.  Según el barrio en el que vivan se les asignará un edificio con todas las comodidades y cuidados, hasta que se encuentren listos para su viaje. Nuestros mayores son lo primero». Eso dijo el presidente.

–Solo haced lo que os digan, papá, y enseguida estaremos juntos otra vez.

La primera que cambió de dimensión fue mi madre. Tres días de pastillas la catapultaron. La siguió su hermana, que no pudo con la tristeza. Ya deben de estar purificadas las dos. El Guardián del portal me dio el bastón un día que llevaba la cabeza baja. «Te ayudará a no desequilibrarte». Para acostumbrarme daba pasitos cortos. Me apoyaba, daba un paso; me paraba, y repetía. Así se notaba menos el balanceo. A la vez, se iban llenando de mierda las zapatillas de paño con suela de goma, que me obligaron a llevar. No logro recordar qué día desaparecieron mis zapatos. No sabía que a la purificación hubiera que llegar en zapatillas. Lo denuncié al guardián y al controlador de planta, pero ninguno me hizo caso. Arrastro los pies y así me llevo un poco de todos los que pisaron por aquí antes que yo.  La soledad se me hace menos amarga. Los sabores de aquí son amargos, los olores son ácidos: tienen mezcla de lejía, friega suelos de limón y ambientador de rosas. Los sonidos son gritos de abandono con hedor a pis. También me arrancaron los pendientes que me trajo mi hija cuando se admitían visitas.

El viejo del tacataca dice que mi nombre suena a campanilla. No puede pronunciarlo porque se le escapan las letras por los huecos de la boca sin dientes.  Hemos paseado del brazo antes de que nos separasen y he sentido la tibieza de lo vivo.  Creo que le he sonreído. Yo conservo todos mis dientes. De su nombre no me acuerdo, pero ¡qué más da!, estará acostumbrado a que no le nombren. Nos llaman por la planta y la letra de la habitación. Yo soy la 9G, lo sé porque cada mañana me lo pegan con velcro, al lado del corazón. Todos arrastrando los pies con nuestra identificación de fieltro amortiguándonos el latido. Hemos quedado a comer. «Que no sea domingo», me ha dicho. «Entonces el viernes», le he dicho. Aquí da igual un viernes que un domingo, yo he perdido la cuenta, él no. Va con tirantes. Lleva el pantalón flojo y los pliegues se le amontonan en la cintura para dejar sitio al pañal. Cuando aparecen los pliegues ya no hay vuelta atrás. Yo llevo pantalones con la cinturilla de goma. Todos son marrones. A mí no me gusta el marrón. No he vuelto a ver al viejo. Habrá salido ya por el portal.

El guardián me ha cambiado la identificación y he estado a punto de morderle, pero enseguida me han pinchado en el cuello y sentado en la silla de ruedas. Hay cuatro ascensores en el edificio, pero no todos te llevan a tu planta. Cuando llegué con los míos, todavía subía en el 1, directo a las plantas de arriba. La nuestra era la 14, lo recuerdo porque siempre que subíamos las iba contando en voz alta y mi marido me decía que me callara, que parecía tonta. Cuando trascendió, me cambiaron de planta y de ascensor. A él le empezaron a salir pliegues al año de estar aquí.

El portal siempre está abierto y, sin embargo, nunca he intentado salir. A veces me siento en el sofá raído de la entrada y miro hacia las calles que parecen vacías y blancas. Es entonces cuando lloro. ¿Dónde podría ir?

Ahora tengo que subir en el mismo ascensor que la guarra de la italiana. El encargado de planta nos espera para que subamos juntas después de comer, ella es la 5F y huele a podrido. La italiana ya no habla, solo abre los brazos y grita.  Entones yo la silbo y se calma. La italiana tenía el pelo negro cuando llegó, ahora lo tiene tan sucio que se le ha vuelto amarillo. Es amarilla de arriba abajo. Solo las medias continúan negras, las tiene tan gastadas que por los agujeros le asoman los talones mugrientos. Se pasea cada día vestida de amarillo con la bandolera negra atravesándole el pecho. Como si le hubiesen dado un premio. Se cubre la cabeza con un pañuelo que le llega hasta la cintura, es amarillo y lo lleva siempre como recién peinado. Las zapatillas son de chancla y le están pequeñas. ¡Da asco! No sé por qué tengo que subir con ella. Hoy la he mordido. El encargado de planta me ha metido en un cuarto que no es el mío. He estado gritando hasta que me han sentado en la silla.

            Me han dicho que han visto salir a la italiana por el portal en camilla. Nadie sabe si iba purificada.

He cambiado tanto que estoy cansada. Un día estuve delante del espejo hasta que mi imagen se volvió borrosa e irreconocible. A veces intento levantarme, pero ya no puedo. Me han asignado un asistente. No tengo que preocuparme de nada, él lo organiza todo a cambio de mi dignidad. Me pincha en el cuello, me baña y me viste sin levantarme de la silla. Hay días que hasta me da la comida. A veces la escupo porque no sabe a nada, y solo como el postre.

Como he empezado a tener pliegues me dan la comida con una goma que va directa al estómago. Hoy me han pesado en una especie de grúa. Peso tan poco que ya debo de estar purificada.

Han venido en mitad de la noche con una luz blanca. Se me ha olvidado respirar y me he muerto.

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