UN PAR DE AFICCIONES por Paula Castillo Monreal

DE NIÑA. 01

Bebo y robo por igual, depende siempre del estado de ánimo, pero de la única manera que soy capaz de sacarle pecho a la vida es bebiendo o robando. El resultado es distinto si bebo o si robo, pero ambos me son válidos. He intentado muchas veces que estas dos aficiones no controlasen mi vida, pero del vértigo y la náusea no es fácil despegarse.

Mi padre me instruyó en estas dos aficiones siendo yo muy pequeña: es medicina y es golosina, me decía mientras me servía la copita de quina Santa Catalina que me ayudaba a comer mejor. También me pasaba tenedores por debajo de la mesa cuando íbamos a restaurantes; tenedores, cucharas, cuchillos, servilletas… A mi padre le encantaba ir de restaurantes, le conocían, le decían señor tal, don tal, y no les importaba que se llevase siempre algo. Disfrutaba cuando nuestros ojos se buscaban y yo le guardaba lo que fuese en la manga del jersey o en la cinturilla de la falda. Mi madre, incómoda, miraba hacia otro lado mientras simulaba que limpiaba las migas de la mesa y las iba dejando en montoncitos que al instante se desmoronaban.  Mi madre siempre miraba hacia otro lado y limpiaba. Nos limpiaba a todos. Mi padre en cambio disfrutaba de esos momentos: Pili, prueba esto, y yo le daba un sorbito a la copa de anís moviendo el hielo como lo hacía él.  Y entonces se reía muy fuerte sin despegar los labios, apretándolos contra los dientes y resoplando como si se estuviese asfixiando. Su cara como media sandía recién cortada, la mía, la otra media. Murió pronto. El médico dijo que a causa una angina de pecho. Yo siempre pensé que fue por no respirar por la boca mientras se reía.

Mi madre dejó de comprar quina Santa Catalina y se olvidó de los restaurantes. Nunca la vi triste después de la muerte de mi padre. Se quedaba en casa limpiando y por la tarde cosía con las amigas hasta la hora de la merienda. Pili, acércate a El Buen Gusto y tráete unos milhojas, me decía. Y yo salía corriendo y le decía a Toni que apuntase cuatro milhojas y una botella de Quina. Necesitaba la risa. La risa sin despegar los labios. Los pies sin pisar el suelo. Necesitaba a mi padre.

Mi madre dejó de mandarme al Buen Gusto. Cuando comprobó las notas que le trajo el contable de la pastelería, sin una palabra, me mandó interna a las Escolapias. Como era piadosa y una niña que no planteaba problemas, enseguida me convertí en ayudante de la monja que arreglaba la capilla, hasta que descubrieron en mi habitación unas vinajeras y varias campanillas. Yo creo que empezaron a desconfiar el día que enfermó Madre Benita; mientras la esperaba en la sacristía volví a sentir esa tensión y esa duda, esa excitación de coger lo prohibido, esa sin razón en la que tu cuerpo deja de ser tuyo y las manos se separan de ti, esa incertidumbre que hace de la vida algo excitante. No pude hacer nada, solo después, cuando regresó la culpa y el vértigo que sube del estómago me cubrió de estremecimiento borrándome las palabras, decidí cambiar de afición.

¡Qué difícil resulta a veces separarse de la infancia y de las aficiones!

A mí me separaron de cuajo: sanatorios, internados, sanatorios, clínicas de desintoxicación, sanatorios, terapias, botellas transparentes, botellas rotas, cristales, soledades, sanatorios, botellas pegajosas apiladas como pirámides. Yo misma me ataba las manos y apretaba los labios contra los dientes.  Años envueltos en paréntesis. Me comí la juventud.

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