Categoría: Relato Breve

SUEÑO 6. LA FIESTA por Paula Castillo Monreal

Desde el último vuelo, Elisa me restringió las salidas con las niñas. Solo podía llevarlas a pasear si venía ella, y como Elisa cada vez paseaba menos, se acabaron las caminatas por Madrid mirando al cielo y descubriendo tejados y cúpulas, y hasta cuadrigas y soldados coronando las azoteas. Y claro, las niñas comenzaron a no parecer mías.

Las miraba de lejos mientras jugaban o leían en voz alta, y no reconocía en sus gestos o en sus voces nada que se parecieran a mí. Tampoco tenían nada de mi madre, y menos aún de mi padre, de quien me había olvidado hacía mucho. Recuerdo que mi madre me preguntó en el hospital si estaba seguro de que las niñas eran mías. Estaba aún recuperándome del golpe cuando se acercó a besarme y me lo dejó caer al oído. Cada palabra hizo que se me inundase el cerebro de dudas. No dejo de extrañarme cuando las miro y veo que al caminar sacuden mucho las manos y en vez de brazos parecería que tuvieran alas. Los labios, apenas los mueven al hablar. Son dos líneas finas rosa claro, dibujadas en la piel beige que les cubre.  También tienen unas orejas de gran tamaño para su edad, y algo curioso que extraña a la gente y a mí también; se mueven al unísono. Si llamo a Luz, las dos vuelven la cabeza a la vez, y si llamo a Clara, las dos se levantaban de un salto, y con sus sonrisas pálidas y los bracitos en jarra, me preguntan: «¿Qué quieres papá?»  Y yo las miro sin saber si son parte de mí o de mis sueños. Tampoco guardo con nitidez el recuerdo de cuándo decidimos tenerlas, y menos aún que quisiéramos dos. Siempre nos quedó esta conversación pendiente.

            A pesar de todo, la vida nos va bien. Elisa se ocupa a tiempo completo de las gemelas y de su madre, y yo continúo arreglando azoteas y tejados. He dejado las sesiones de terapia, y conseguido dominar los sueños. Hasta ayer.

             La casa, estaba llena de gente extraña. Dejamos la ropa y los zapatos en el perchero de la entrada. Todavía no sé por qué nos invitaron a aquella fiesta. Nos quedamos parados los cuatro en el salón de mármol blanco que se prolongaba hacia el jardín y caía en una piscina rectangular interrumpida por el horizonte. Enseguida vino la madre de Elisa que se fue con ella y las niñas a bañarse, y yo, comencé entonces a moverme por la casa a mis anchas. Llegué al trastero por una escalera metálica de caracol que se iba estrechando y que desapareció en cuanto pasé la puerta. El trastero estaba lleno de ropa y de objetos que reconocí inmediatamente. Entonces comprendí: mi padre vivía en aquella casa. Abandonó a mi madre nada más casarnos. Creo que no soportó el que yo no estuviese allí, cada noche, espiando el cuerpo poseído de mi madre cuando hacían el amor. Comencé a revolver los bártulos buscándolo y vi dos pies que se asomaban debajo de la cortina, otros dos aparecieron debajo del tapete de la mesa camilla. Dos ojos saltones me espiaban y se escondían cada vez que giraba la cabeza para descubrir su escondite. Vi dos manos que se alargaban hacia mi cuello y cuando estaba dispuesto a abandonar la búsqueda, dos niñas mutiladas saltaron sobre mí.

Nos echaron de la casa porque estaba prohibido bañarse. En la huida, recogimos la ropa y los zapatos equivocados, y no hemos vuelto a saber nada de nosotros.

Fluorescentes sobre la noche rota

Parte 1, por Paula Castillo Monreal

Edward Hopper

Triángulos de luces y sombras pintan de colores las aceras. Las fachadas de las casas se vuelven blancas en medio de la noche negra, y la luz que derraman los fluorescentes, recién instalados en el Nuevo Río, lo convierten en un faro alumbrando la ciudad vacía.  La canción que sale de la rocola estalla en mis oídos, y mis pies, que apenas aciertan a caminar uno detrás del otro parece que quieren seguir el ritmo.  Nunca sé cómo entrar a este Nuevo Río sin puerta. Una náusea, y de pronto estoy sentado frente a Tony; el hijo del “bueno de Tony”. A Nuevo Río no se entra ni se sale, los ventanales abiertos como alas de pájaros transparentes te engullen nada más acercarte.

«Tengo que parar de temblar», me digo. El truco está en calmar la respiración y el pulso. Tony me lanza el Cutty Sark desde el otro lado de la barra, está acostumbrado a mí. Después de un trago me siento mejor, la respiración vuelve a su ritmo y parece que puedo incorporarme, quitarme el sombrero y sostenerme en el maldito taburete de piel roja sin tener que sujetarme a la barra. Un hombre de traje gris se apoya al otro lado vencido sobre una pierna. Fuma aspirando hondo mientras charla con Tony que lava sin parar los vasos acumulados de la noche. Al mirarlo un escalofrío hace que se me congelen las manos. El reloj marca las cuatro y media, esa hora en la que parece que nada va a pasar. La quietud de la noche negra. Los dos se ríen, me miran y se ríen. Prefiero no oírlos, prefiero no mirar al tipo contrahecho. Muevo los dedos de las manos para que se me descongele el alma.

–Tony, ponme otro güisqui, y estírate con el hielo hielo.

–¿Has venido a quedarte, Víctor? –me dice guiñándome un ojo

No le contesto, no tengo por qué contestar a todo lo que me preguntan. Se marcha levantando los hombros mirando al hombre sucio del traje gris sucio.  Después de un segundo trago necesito recostarme en la barra, alargar los brazos hasta donde alcance para después acurrucarme y cerrar un momento los ojos.  Solo quiero doblarme hacia dentro y sentir el frío de lo oscuro, de mi propia oscuridad. Este bar tiene demasiada luz. Vidas aireadas para quien no quiere ver. «¿Quién vendría aquí a besarse?». Los besos expuestos, la soledad enfocada en el escenario de los abandonados.

«Yo ya no tengo con quien besarme», acabo de caer en la cuenta. Julia dice que ha pasado solo, poco a poco, sin pensarlo; lo de dejar de quererme. Julia, la mujer de rojo, la rubia de los ojos verdes y andares protagonistas, la de los dientes blancos y la ceja levantada, la que te mira de frente y mueve los labios a la vez que le hablas, en un eterno beso. Esa es la mujer que ha dejado de quererme. Poco a poco, sin pensarlo. La mujer que dobló mi vida en dos para después no bastarle porque quería más. Acompañándola en sus retorcidos cambios, para luego encontrarme solo, sin valores y sin juicios. La mujer que llegó desencajando mi vida, desconectándola del resto. «Julia», repito una vez. «Julia, Julia», repito dos veces, y la tercera: «¡Julio, cabrón!». Y llamo a Tony con el dedo, y enseguida me llega otro güisqui.

–¡Eh, oiga! ¿Le importa que ponga música? –me dice el hombre paticojo del traje gris.

Tony me mira, tiene miedo de lo que pueda responderle. Solo cierro los ojos y levanto los hombros. Sonríe aliviado.

El hombre se acerca a la rocola renqueando, tiene un alza en el zapato izquierdo, pero la pierna es demasiado corta o el alza no le aúpa lo suficiente.

–Mientras no me saque a bailar –le digo medio sonriéndome.