SERIE: SUEÑOS CORTOS por Paula Castillo Monreal

SUEÑO 1.  BOCA DE CARTÓN

Me desperté con la boca acartonada, seca. Grandes cavernas y pliegues de piel abultada se superponían a ambos lados del paladar. Todo oscuro.  Aún quedaban restos de carne con sabor a kétchup. Intentaba tragar, pero no podía.  El cartón no cedió, ni a mi voluntad de cerrar la boca ni a la de tragar.  Continué inmóvil.
Tampoco logró mi voluntad que el cuerpo pegado al colchón de lana escocesa se moviese. De frente nada. La pared blanca. Yo, hundido. Los bordes de la cama se levantaban como grandes taludes de tierra que se deshacían antes de terminar de hacerse sobre mi cuerpo desnudo. Siempre dormía así, también en invierno.  Era una tierra pegajosa la que iba perfilándome. Mis ojos inmóviles, también secos, de cartón, asistían al espectáculo: la tierra me sepultaba poco a poco.  Un reloj de arena colgado de la pared marcaba el ritmo.
Los pies me crecían por encima de los ojos, y los tobillos se alargaban con ellos. Giraban en una espiral ascendente, se retorcían. Eran grotescos, ajenos a mí y a mi deseo.  Todo sucedía sin dolor, solo la inmovilidad me aterraba. De la lámpara colgaba un secador de pelo. El aire caliente desprendía la tierra hasta entonces pegada a mi cuerpo. Se deshacían los terrones apelmazados y se convertían en polvo. Y después del polvo, el humo.
El humo no me dejaba ver, los dedos de los pies se dieron la vuelta y me agarraban los tobillos a la vez que tiraban fuerte de mí.  Los pliegues de la piel se tensaron tanto que estuvieron a punto de romperse. Demasiada vida para aguantar más tirones. Temí resquebrajarme, pero mi cuerpo no se inmutó. Crujió, pero yo no lo oí.  No sentí dolor, más bien la sensación anticipada de lo que iba a pasar, un recuerdo del dolor que podría llegar a tener pero que no tuve. Sentí miedo, pero no dolor. Miedo del dolor. Quizá fue ahí el primer momento en el que dudé si acaso se trataba de un sueño.
Los dedos más grandes que yo mismo, a tirones, me arrancaron del colchón. Allí se quedó la piel pegada mientras una fuerza me propulsaba hacia el techo.  Herido, sin sentir la herida, cerré los ojos y noté la náusea que provoca saber, que después no puede haber otra cosa que la muerte. Atravesé los dos pisos que me separaban del cielo con la velocidad que abandona el proyectil la boca del cañón, y salí por la azotea.
Subí, ascendí sobrevolando las torres de Colón. Sin su sombrero, abiertas de par en par, eran puro esqueleto. Con el vértigo pegado a la garganta, empujado por un viento inexistente, recorrí azoteas y cúpulas. Tejados de plata y antenas como cuchillos amenazantes se movían a mi paso y, cuando estaba a punto de estrellarme, el milagro de la ascensión volvía a suceder. De nuevo esquivé a la muerte. Ni un rasguño, solo el cuerpo vencido dibujaba una luna menguante en la hora más oscura. Unas manos me sujetaban el abdomen mientras movía las piernas y los brazos intentando no ahogarme. Pude aterrizar. Doblé las rodillas y me dejé arrastrar sobre el asfalto aún sin estrenar en la hora celeste. 
 
Cuando sonó el despertador, sollozaba.  Elisa me acariciaba el vientre. Encendí la luz y me bebí la botella de agua que rescaté de la ventana. Me miré los pies; podía caminar.  Moví los dedos de uno en uno. Parecía que todo estaba bien. Sentí el cansancio del día anterior. Hoy con suerte terminaré la cubierta del edificio de La Caixa, le comenté a Elisa. Las palomas me tienen frito.
–Ya te dije que no era buena idea el dichoso jardín urbano en la azotea.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

AHUYENTANDO ESPÍRITUS

Paula Castillo Monreal

Solo son fuegos artificiales que se encienden y apagan como se enciende y apaga la vida; una explosión y, después del silencio, una agonía. Trozos de vida cayendo, iluminando la noche. Destellos de color en medio del negro. Nos acordamos de todos. Otro cohete que asciende silbando mientras acaricia la noche. Lo señalas con el dedo y miras de reojo. Esperas a que estalle y de pronto tu grito queda solo. También el de los perros. Dicen que el ruido de la pólvora ahuyenta a los malos espíritus. La ciudad inundada de rosa. Nosotras, ahuyentadas.

Cuando la vida se apaga solo queda el gris. Hay quien dice que después del apagón se convierte en blanco. Tu tienes metido el gris en el cuerpo ahora diminuto, y en los ojos que se te han quedado hundidos, y en los labios que han perdido el rosa. Te cojo del brazo para escapar de lo que nos pesa. Te quedas pegada hasta el último destello de vida. Volvemos juntas reinando lo oscuro, solo el gris nos mantiene vivas. ¡Qué putada la vida!, y que espectáculo tan deprimente para los que aún no somos espíritus.

COMO UNA LIRONA

de Paula Castillo Monreal

Hace frío. No me gusta el frío. No puedo pensar en nada más si hace frío. Me encojo, tiemblo, no quiero salir. Tampoco quiero ponerme una cosa encima de la otra, cada vez más tapada solo por el afán de salir a la calle. Prefiero ser una marmota o una murciélaga o una lirona. Hibernar. Dormir a partir de ahora.

Fluorescentes sobre la noche rota

Parte 1, por Paula Castillo Monreal

Edward Hopper

Triángulos de luces y sombras pintan de colores las aceras. Las fachadas de las casas se vuelven blancas en medio de la noche negra, y la luz que derraman los fluorescentes, recién instalados en el Nuevo Río, lo convierten en un faro alumbrando la ciudad vacía.  La canción que sale de la rocola estalla en mis oídos, y mis pies, que apenas aciertan a caminar uno detrás del otro parece que quieren seguir el ritmo.  Nunca sé cómo entrar a este Nuevo Río sin puerta. Una náusea, y de pronto estoy sentado frente a Tony; el hijo del “bueno de Tony”. A Nuevo Río no se entra ni se sale, los ventanales abiertos como alas de pájaros transparentes te engullen nada más acercarte.

«Tengo que parar de temblar», me digo. El truco está en calmar la respiración y el pulso. Tony me lanza el Cutty Sark desde el otro lado de la barra, está acostumbrado a mí. Después de un trago me siento mejor, la respiración vuelve a su ritmo y parece que puedo incorporarme, quitarme el sombrero y sostenerme en el maldito taburete de piel roja sin tener que sujetarme a la barra. Un hombre de traje gris se apoya al otro lado vencido sobre una pierna. Fuma aspirando hondo mientras charla con Tony que lava sin parar los vasos acumulados de la noche. Al mirarlo un escalofrío hace que se me congelen las manos. El reloj marca las cuatro y media, esa hora en la que parece que nada va a pasar. La quietud de la noche negra. Los dos se ríen, me miran y se ríen. Prefiero no oírlos, prefiero no mirar al tipo contrahecho. Muevo los dedos de las manos para que se me descongele el alma.

–Tony, ponme otro güisqui, y estírate con el hielo hielo.

–¿Has venido a quedarte, Víctor? –me dice guiñándome un ojo

No le contesto, no tengo por qué contestar a todo lo que me preguntan. Se marcha levantando los hombros mirando al hombre sucio del traje gris sucio.  Después de un segundo trago necesito recostarme en la barra, alargar los brazos hasta donde alcance para después acurrucarme y cerrar un momento los ojos.  Solo quiero doblarme hacia dentro y sentir el frío de lo oscuro, de mi propia oscuridad. Este bar tiene demasiada luz. Vidas aireadas para quien no quiere ver. «¿Quién vendría aquí a besarse?». Los besos expuestos, la soledad enfocada en el escenario de los abandonados.

«Yo ya no tengo con quien besarme», acabo de caer en la cuenta. Julia dice que ha pasado solo, poco a poco, sin pensarlo; lo de dejar de quererme. Julia, la mujer de rojo, la rubia de los ojos verdes y andares protagonistas, la de los dientes blancos y la ceja levantada, la que te mira de frente y mueve los labios a la vez que le hablas, en un eterno beso. Esa es la mujer que ha dejado de quererme. Poco a poco, sin pensarlo. La mujer que dobló mi vida en dos para después no bastarle porque quería más. Acompañándola en sus retorcidos cambios, para luego encontrarme solo, sin valores y sin juicios. La mujer que llegó desencajando mi vida, desconectándola del resto. «Julia», repito una vez. «Julia, Julia», repito dos veces, y la tercera: «¡Julio, cabrón!». Y llamo a Tony con el dedo, y enseguida me llega otro güisqui.

–¡Eh, oiga! ¿Le importa que ponga música? –me dice el hombre paticojo del traje gris.

Tony me mira, tiene miedo de lo que pueda responderle. Solo cierro los ojos y levanto los hombros. Sonríe aliviado.

El hombre se acerca a la rocola renqueando, tiene un alza en el zapato izquierdo, pero la pierna es demasiado corta o el alza no le aúpa lo suficiente.

–Mientras no me saque a bailar –le digo medio sonriéndome.