LA SOMBRA Y EL DECAPITADO.1

Te vi salir dando un golpe al portón del convento que sé que tienes por casa. Me enteré de que te echaron del albergue y que incluso tuvieron que encerrar en el manicomio a varios que dejaste allí trastornados. No quise llamar tu atención porque supuse que tenías prisa y algún cometido que realizar. Te confieso que también yo elegí continuar a lo mío y preferí ver cómo te alejabas con tu zancada larga y la gabardina, cada día más roñosa, que arrastrabas por el suelo. He de decirte que desde que perdiste la cabeza, ya nada te sienta igual. Recuerdo cuando salíamos los dos de copas; nos echaban de la comisaría a patadas, no queríamos dejar ningún caso sin resolver y tampoco teníamos prisa por llegar a casa. Una ducha en el hotel y huíamos con nuestros trajes impecables de los que ya no se ven; la cintura en su sitio, el largo de la pernera ajustado al zapato, sin arrastrar y sin dejar los tobillos al aire. Podíamos continuar respirando con el botón abrochado y sin que se nos subieran las hombreras como si fuéramos jugadores de fútbol americano. Y es que se ha perdido la elegancia, Ramón. No sé si te habrás dado cuenta, o ya no eres capaz de distinguir cómo son ahora los trajes, ¿te has fijado que cuelgan de los hombros de estos seres infantiles, y no son ellos los que llevan al traje? Van metidos en una talla menos que no les deja respirar y en unos pantalones que les aprietan las piernas y les ajustan los tobillos. ¡Ay, Ramón!, me dejaste solo y ahora, ya me ves, ando persiguiéndote como la sombra que soy desde que decidiste que fui yo el responsable del suicidio de la niña. Algunas veces me queda el resquemor de no haberte impedido pasar. No fue suficiente quedarme en el quicio de la puerta como un pasmarote. Me derribaste. Y allí estaba. La niña colgada de la viga que quisimos dejar vista para que la casita que compraste en la sierra pareciera antigua. La lengua fuera. Tu hija, Ramón. No pude resistirme, la niña me besaba, me llevaba el pelo hacia atrás como nadie lo había hecho, pero yo no la preñé. Si apenas le devolví el beso con el que ella intentaba abrirme. No me escuchaste, Ramón. La cogimos entre los dos y la tapamos con la manta que tantas veces habíamos usado para arroparnos frente a la chimenea.

Cuando volviste del cobertizo ya eras un descabezado. Y yo no he vuelto a ser el mismo desde entonces.

Difusa —09 La cita by Paula Castillo Monreal

Estaba allí por casualidad, mi padre me había pedido dinero prestado para la última letra del coche. «Pero esto no se lo contamos a nadie», me dijo. …

Difusa —09 La cita by Paula Castillo Monreal

UN PAR DE AFICCIONES por Paula Castillo Monreal

DE NIÑA. 01

Bebo y robo por igual, depende siempre del estado de ánimo, pero de la única manera que soy capaz de sacarle pecho a la vida es bebiendo o robando. El resultado es distinto si bebo o si robo, pero ambos me son válidos. He intentado muchas veces que estas dos aficiones no controlasen mi vida, pero del vértigo y la náusea no es fácil despegarse.

Mi padre me instruyó en estas dos aficiones siendo yo muy pequeña: es medicina y es golosina, me decía mientras me servía la copita de quina Santa Catalina que me ayudaba a comer mejor. También me pasaba tenedores por debajo de la mesa cuando íbamos a restaurantes; tenedores, cucharas, cuchillos, servilletas… A mi padre le encantaba ir de restaurantes, le conocían, le decían señor tal, don tal, y no les importaba que se llevase siempre algo. Disfrutaba cuando nuestros ojos se buscaban y yo le guardaba lo que fuese en la manga del jersey o en la cinturilla de la falda. Mi madre, incómoda, miraba hacia otro lado mientras simulaba que limpiaba las migas de la mesa y las iba dejando en montoncitos que al instante se desmoronaban.  Mi madre siempre miraba hacia otro lado y limpiaba. Nos limpiaba a todos. Mi padre en cambio disfrutaba de esos momentos: Pili, prueba esto, y yo le daba un sorbito a la copa de anís moviendo el hielo como lo hacía él.  Y entonces se reía muy fuerte sin despegar los labios, apretándolos contra los dientes y resoplando como si se estuviese asfixiando. Su cara como media sandía recién cortada, la mía, la otra media. Murió pronto. El médico dijo que a causa una angina de pecho. Yo siempre pensé que fue por no respirar por la boca mientras se reía.

Mi madre dejó de comprar quina Santa Catalina y se olvidó de los restaurantes. Nunca la vi triste después de la muerte de mi padre. Se quedaba en casa limpiando y por la tarde cosía con las amigas hasta la hora de la merienda. Pili, acércate a El Buen Gusto y tráete unos milhojas, me decía. Y yo salía corriendo y le decía a Toni que apuntase cuatro milhojas y una botella de Quina. Necesitaba la risa. La risa sin despegar los labios. Los pies sin pisar el suelo. Necesitaba a mi padre.

Mi madre dejó de mandarme al Buen Gusto. Cuando comprobó las notas que le trajo el contable de la pastelería, sin una palabra, me mandó interna a las Escolapias. Como era piadosa y una niña que no planteaba problemas, enseguida me convertí en ayudante de la monja que arreglaba la capilla, hasta que descubrieron en mi habitación unas vinajeras y varias campanillas. Yo creo que empezaron a desconfiar el día que enfermó Madre Benita; mientras la esperaba en la sacristía volví a sentir esa tensión y esa duda, esa excitación de coger lo prohibido, esa sin razón en la que tu cuerpo deja de ser tuyo y las manos se separan de ti, esa incertidumbre que hace de la vida algo excitante. No pude hacer nada, solo después, cuando regresó la culpa y el vértigo que sube del estómago me cubrió de estremecimiento borrándome las palabras, decidí cambiar de afición.

¡Qué difícil resulta a veces separarse de la infancia y de las aficiones!

A mí me separaron de cuajo: sanatorios, internados, sanatorios, clínicas de desintoxicación, sanatorios, terapias, botellas transparentes, botellas rotas, cristales, soledades, sanatorios, botellas pegajosas apiladas como pirámides. Yo misma me ataba las manos y apretaba los labios contra los dientes.  Años envueltos en paréntesis. Me comí la juventud.